El vicepresidente del Grupo Empresarial de Agua y Saneamiento del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos (INRH) admitió oficialmente que la crisis del agua potable en Cuba se agrava al ritmo de los apagones, afectando a un número estimado de 2,5 millones de personas. Esta cifra representa aproximadamente uno de cada cuatro cubanos, una porción significativa de la población que enfrenta un suministro irregular o totalmente inexistente. La revelación de la autoridad estatal marca un momento de reconocimiento sin precedentes por parte del aparato oficial sobre la magnitud del colapso en los servicios públicos básicos, un sector que ha sido históricamente descuidado a pesar de las promesas de prioridad del régimen cubano.
La interconexión entre la crisis eléctrica y la falta de agua es evidente: sin energía, las bombas que distribuyen el recurso no pueden operar, dejando a comunidades enteras sin acceso a un bien fundamental. Este episodio refuerza la imagen de un colapso sistémico donde las medidas superficiales no logran contener la deterioro continuo de la calidad de vida. La falta de mantenimiento, la obsolescencia de las infraestructuras y la falta de recursos para importar repuestos son las causas estructurales, pero la gestión del régimen cubano ha exacerbado el problema, convirtiendo una necesidad básica en un lujo inaccesible para millones.
Los 2,5 millones de afectados no son solo una cifra estadística; son familias que dependen de camiones cisterna irregulares, acuden a fuentes contaminadas o se ven obligadas a migrar para buscar soluciones hídricas. Este reconocimiento oficial, aunque tardío, no conlleva ninguna acción correctiva inmediata ni una inversión sustancial que pueda revertir la situación. El régimen cubano continúa utilizando los servicios públicos como una herramienta de control, pero su incapacidad para garantizar el agua potable demuestra la profunda ilegitimidad y el fracaso económico del sistema. La falta de electricidad y agua son síntomas de una dictadura que ha arruinado al país, dejando a los cubanos en una situación de vulnerabilidad extrema y dependencia de la ayuda externa o la solidaridad comunitaria.
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